Angustia y fobia

El abordaje de la fobia desde el psicoanálisis revela la importancia de dos conceptos fundamentales, que están estrechamente ligados con ella: el de objeto y el de angustia.

En las fobias el estado emotivo es siempre la angustia.

La fobia está hecha para sostener la relación con el deseo, bajo la forma de angustia, allí donde está en juego el carácter insostenible del objeto.

La angustia es la vía que permite acceder a lo que es anterior al deseo y a su objeto.

El objeto fobígeno es un significante que protege al sujeto del acercamiento al deseo. Vale decir ante la prueba del deseo del Otro, el significante comodín cumple una función de defensa.
La verdadera función de la fobia está en sustituir al objeto de la angustia por un significante que provoca temor.

En la fobia no vale el mecanismo de la sustitución, sólo se encuentra angustia que no proviene de una representación reprimida. El enlace del afecto liberado aprovecha cualquier representación, pero es secundario.

Una vez establecido el despertar de ese representante psíquico, es la condición capital para que aflore la angustia.

La fobia no pertenece al reino de la sustitución, el enlace es secundario, y así el objeto, como significante fálico, tiene la posibilidad infinita de sostener la función que falta.

El significante fálico funciona como significante universal. Es la operación que realiza el objeto fóbico.

En el campo de la angustia, el objeto de la fobia vela la abertura realizada en el intervalo donde amenaza la presencia real.

Por otra parte el significante fálico se presentifica como angustia, se hace presencia real en el agujero realizado en el intervalo y amenaza al sistema simbólico.

Falta el apoyo de la falta.

Pero lo que queda excluido en el tiempo primero, como testimonio del goce perdido, no se mediatiza en la fórmula del fantasma.

La función del objeto fóbico nos dice Lacan, es la forma más simple de colmar "el lugar previsto para la falta".

Nunca se encuentra otra cosa que la angustia que no proviene de una representación reprimida y que por una suerte de elección ha puesto en primer plano todas las ideas aptas para devenir objeto de una fobia.

Vale decir, la angustia se enlaza con un contenido de representación o de percepción, el estatuto del objeto, y el despertar de ese contenido psíquico es la condición capital para que aflore la angustia.

Lo que el sujeto teme encontrar es una cierta suerte de deseo que volvería a hacer entrar en la nada de antes de toda creación, todo el sistema significante.

En las fobias, la angustia no proviene de un recuerdo cualquiera, es de origen sexual. Lo que el enfermo teme es el advenimiento de ese ataque de angustia, en circunstancias particulares, en las que cree que no podrá evitarlo. La fobia es el miedo al nacimiento de la angustia.

En primer lugar, la angustia no proviene de la represión de la libido, sino que es ella la que provoca la represión. O dicho de otro modo, ella manifiesta el peligro en que se siente el yo.

A lo largo de todas las ilustraciones clínicas, hay un hecho indiscutible y es que el material fobígeno es siempre reconocido como un elemento extraño al sujeto.

En el cap. VIII de Inhibición, síntoma y angustia, Freud dice que la angustia es algo que sentimos. La calificamos de estado afectivo aún no sabiendo bien que es un afecto. Como sensación presenta un franco carácter displaciente, pero no es esta la única de sus cualidades, pues no todo displacer puede ser calificado de angustia. Entre otras sensaciones de carácter displaciente encontramos (la ansiedad, el dolor, la tristeza).

En el estado de angustia nos vemos obligados a ver una reproducción del trauma del nacimiento. No cabe duda de que la salida al mundo causa al niño un sufrimiento real, pero no es esto lo que esencialmente tiene valor traumático. Al respecto dice Lacan, el traumatismo de nacimiento se debe menos a la separación de la madre que a la intrusión de la atmósfera en el cuerpo del niño.

No es ocasionado entonces por la pérdida de algo sino, al contrario, por el llenado, el demasiado lleno que invade al sujeto.

Este trauma fundamental muestra que la angustia señala la proximidad del goce, la aparición en lo real del objeto a como consecuencia de una falla en la función del fantasma que es una respuesta forjada por el sujeto a la pregunta por lo que el Otro quiere de él.

Cuando el sujeto se encuentra con la angustia es porque está cerca del deseo del Otro y del puente que conecta este deseo con el goce, con la satisfacción siempre paradójica de la pulsión. De ahí la afirmación de Lacan "solo la angustia transforma al goce en objeto causa del deseo".

Siempre hay una dimensión traumática en el encuentro con el deseo del Otro, porque el carácter enigmático del mensaje que el sujeto recibe de éste, no puede nunca ser enteramente asimilado de modo que, mas allá del sentido que puede tomar, queda siempre un núcleo resistente a toda simbolización.

En ese punto el fantasma vela ese núcleo duro porque provee al sujeto de una respuesta a la pregunta por lo que el Otro quiere de él. Es entonces a la vez un tapón para la falta del Otro y un sostén para el deseo que va a constituirse como defensa ante el deseo del Otro.

El objeto de la angustia no engaña porque no se deja significantizar, es un resto irreductible del principio del placer. Ese objeto para el cual la angustia es su única traducción subjetiva es el objeto a, la fórmula del fantasma es así el soporte de ese deseo de a del sujeto.